La Conducta Humana en nuestro Negocio


Licda. Esilda de Camacho

Gerente de Vida - CONASE 

“El Corredor de Seguros profesional es un Asesor en todo el sentido de la palabra, no sólo financiero, sino que muchas veces se  convierte en un consejero familiar que conoce no sólo la parte económica de sus asegurados sino los  problemas inherentes a la familia y a su vida personal; por lo tanto debe estar preparado para influir positivamente en sus clientes, ofreciéndoles un apoyo integral, para lo cual debe estudiar, leer y conocer -además de la parte técnica- sobre aspectos psicológicos  de nuestro comportamiento.” Esta es la propuesta de la Licda. Esilda de Camacho quien viene dictando un interesante seminario que propone redescubrir la conducta humana en el negocio del seguro. 

Desde su amplia experiencia como Psicóloga, Administradora de Empresas y profesional destacada en la industria  aseguradora, la Licda. Camacho nos distingue con este primer artículo para  Ave Fénix, en el que resume la importante perspectiva que plantea en los Seminarios que con tanto éxito viene dictando en todo el país. 

Esta propuesta tiene como única pretención el ayudar a los corredores y a los  profesionales de la industria del Seguro a ver el lado humano de nuestro negocio, a preguntarnos como individuos cuál es nuestra  misión personal y profesional e inclusive a replantear nuestra visión de futuro en momentos en que a veces se hace necesario hacer un alto y definir nuevamente el rumbo. 

Todo ser humano es el resultado de un conjunto de componentes genéticos, ambientales, sociales y emocionales cuya estructura ha sido estudiada y analizada desde el siglo V a.C. ; sin embargo a pesar de que su  conformación está hecha según el modelo de la especie, su suprema característica es la individualidad, única en detalles, y esta es la razón fundamental para que a pesar de ser el hombre la especie más civilizada en la tierra, también sea la que acarrea más problemas de toda índole. 

Ahora bien, para tratar de entender cómo reaccionamos ante diferentes estímulos, también tenemos que entender cómo funcionamos internamente. Para éllo debemos analizar rápida y de una forma práctica cómo opera nuestro sistema nervioso; específicamente cuál es el papel del cerebro en el almacenamiento, integración y análisis de nuestras experiencias pasadas para producir las respuestas de conducta que en la práctica deberían ser nuestras respuestas de adaptación a los diferentes estímulos exteriores, pero que en realidad muchas veces resultan ser no tan efectivas en  nuestras relaciones personales. En otras palabras, el hombre “es el único animal que se estrella contra la misma piedra varias veces”. 

Esto se debe a que no reaccionamos sencillamente a la ley del estímulo y la respuesta, como se creyó por muchos años, sino que estamos dotados de una “libertad” para elegir respuestas entre una gama muy amplia como resultado de la evolución progresiva de nuestro cerebro  el que, por millones de años, ha ido añadiendo nuevos territorios nerviosos con funciones específicas y emociones adecuadas a su gran repertorio.

No obstante, en los últimos años se han    realizado descubrimientos insospechados sobre el funcionamiento del cerebro que han cambiado dramáticamente nuestra forma de analizar la conducta humana. 

Estos descubrimientos han llevado a una nueva generación de neurólogos a la firme convicción de que trabajamos con una “mente emocional” y una “mente racional” y que nuestros estallidos de furia, nuestras reacciones incontrolables de las cuales más tarde nos arrepentimos, son el resultado de esta mente emocional que nos controla porque -aún en nuestra generación-  contamos con respuestas de adaptación de nuestros ancestros, quienes  para sobrevivir utilizaban más la parte emocional que la pensante. 

Desde la época de Aristóteles se  comenzaron a hacer los primeros  análisis del comportamiento humano. Las primeras teorías que desarrollan este tema tenían una base más fisiológica, “somos el resultado de si somos altos, bajitos, blancos o negros, etc.” 

Con la evolución de las investigaciones científicas se fueron analizando de una  manera más profunda los cambios emocionales, así fuímos superando aquella época de estudiosos como Aristóteles y más adelante, Krestmer, hasta llegar a un Freud que fue uno de los más grandes revolucionarios de la conducta humana porque analizó no sólamente la parte fisiológica sino también la parte psicológica del ser humano. 

Freud observó en los pacientes que lo consultaban que las grandes neurosis, ansiedades, frustraciones, sean hombres o mujeres, tenían el mismo patrón; que sus problemas surgían del resultado de su falta de adaptación a su medio ambiente. Freud veía que las personas se quejaban mucho que tenían que actuar de una manera diferente ante la sociedad de lo que en realidad eran, entonces llegó a la conclusión que el ser humano no viene a este mundo a pasar problemas, sino que viene regido por el principio del placer, dicho en otras palabras, venimos a pasarla bien. 

Si observamos nuestros orígenes, luego de nuestra concepción, pasamos por nueve meses en un ambiente protegido, en el que no nos falta comida ni confort. Luego salimos de ese período para adaptarnos a una vida que  cambió drásticamente nuestros patrones anteriores; entonces, en la medida en que vamos creciendo reconocemos que ya no se hace lo que yo quiero, tengo que hacer lo que la sociedad me impone. Ese choque y la falta de adaptación entre el principio del placer y el principio de la realidad crea  mayores neurosis, mayores psicosis y mayores enfermedades mentales.

Posteriormente, la teoría psicosocial propuso que, si bien es cierto que venimos con un principio del placer, son los primeros años de nuestra vida los que van a determinar en nuestro núcleo familiar y social los patrones a imitar. 

En el desarrollo humano existe una  tendencia innata a la progresión, hacia la madurez tanto física como psíquica; así como en la parte biológica nadie duda que la ausencia de una buena alimentación evita el desarrollo sano del cuerpo; de la misma forma, la falta de experiencias tempranas crea una personalidad vulnerable a lo largo de la vida.

En esa etapa tenemos que aprender la tolerancia a la frustración. Tenemos que aprender que somos seres interdependientes que para lograr nuestras metas debemos conciliar, adaptarnos y trabajar en equipo.  

Muchas veces encontramos personas que percibimos que no nos gustan o “no nos caen bien” como solemos decir, sin darnos y darles la oportunidad de conocerlas. Estamos desarrollando   prejuicios que afectan nuestras  relaciones humanas y a muchas de las personas con las que no logramos identificarnos lo que les sucede es que no han podido desarrollar un buen nivel emocional y nosotros muchas veces lo que hacemos, lejos de apoyarlos, los rechazamos. 

Nos corresponde como personas positivas y profesionales ser motores de cambio y ayudar a que esas personas se transformen. Transformar nuestro círculo de acción y cambiar, como una misión personal, a que este mundo sea mejor. Los panameños, en general,  somos personas altamente positivas y adaptables. Pudimos comprobarlo en momentos de crisis en que nos recuperarnos  rápidamente. Pero, al mismo tiempo, somos muy moldeables  y muy susceptibles al comportamiento externo de las personas y en eso nos toca trabajar más.  

Podemos superar obstáculos muy fácilmente pero si estamos en un ambiente de pesimismo, como el que estamos pasando, nos contagiamos con facilidad. Si adoptamos una posición de ser un ente transformador, de tratar de eliminar el negativismo y dar una opción positiva a nuestros clientes, vamos a aprender de las caídas y cómo saber  levantarnos.  

Nuestros asegurados son el motor de nuestra actividad y es nuestro deber responder integralmente a sus necesidades en momentos en que sus esperanzas se basan en nuestro soporte profesional y humano.

Este es el momento de demostrar que nuestra ética  va más allá de cerrar una venta o lograr un buen negocio y colaborar con el entorno social en que nos encontramos, aportando con   profesionalismo y con sensibilidad al bienestar de nuestros clientes.

Tomado del la revista Ave Fénix